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La IA no te hará más productivo. Te hará más humano (si juegas bien tus cartas)

El cuento de hadas de la productividad infinita

Hay una escena en 2001: Una odisea del espacio que nunca envejece: HAL 9000, sereno y omnisciente, tomando decisiones por encima de los humanos porque, bueno, él lo hace mejor. Kubrick no filmó una película de ciencia ficción. Filmó un aviso. Y aquí estamos, cincuenta años después, discutiendo si ChatGPT nos va a quitar el trabajo mientras las empresas de IA nos repiten como un mantra que todo esto es para hacernos más productivos.

Productividad. La palabra fetiche del capitalismo tardío. El último recurso cuando ya no quedan nuevos mercados que colonizar, cuando la curva de crecimiento empieza a parecerse más a un electrocardiograma plano que a un cohete. Las grandes compañías de IA están, literalmente, raspando el fondo del tarro de yogur del sistema económico y nos están vendiendo ese resto como si fuera caviar beluga.

Pero aquí viene la pregunta que de verdad importa: ¿y si la productividad no es el juego? ¿Y si nunca lo fue?

El yo-yo existencial de vivir con la IA

Seré honesto. Trabajar con inteligencia artificial en 2025 se parece mucho a ese momento en una montaña rusa cuando el carro sube lentamente y tú no sabes si vas a gritar de terror o de euforia. A veces, cuando un agente de IA genera algo que parece salido de la nada —una conexión inesperada, una solución elegante, una metáfora que tú no habrías encontrado en tres días de brainstorming— sientes algo parecido al asombro genuino. El tipo de asombro que te recuerda por qué te metiste en esto del diseño, del marketing, de la estrategia creativa.

Y luego está la otra cara. El doom. El ¿qué va a quedar de nosotros? La sensación de estar en un purgatorio digital donde todo está en suspenso y nadie tiene respuestas reales, solo predicciones envueltas en powerpoints muy bonitos.

Ese yo-yo no va a desaparecer. Pero hay algo que sí podemos hacer: dejar de esperar a que alguien nos diga cómo jugar y empezar a escribir nuestras propias reglas.

La estrategia como acto de resistencia

Aquí es donde quiero poner el foco, porque creo que estamos mirando el problema desde el ángulo equivocado. El debate público sobre IA gira obsesivamente alrededor de la eficiencia: cuánto tiempo ahorras, cuántas tareas automatizas, cuántos euros de “valor” generas por hora. Es el lenguaje de la fábrica aplicado al trabajo del conocimiento. Y es, fundamentalmente, un lenguaje que nos empobrece.

La arquitectura tiene un concepto que me parece perfecto para esto: el genius loci, el espíritu del lugar. La idea de que cada espacio tiene una esencia propia que ningún plano puede capturar del todo. Los mejores arquitectos no construyen ignorando ese espíritu; dialogan con él. Lo mismo debería pasar con la estrategia creativa en la era de la máquina: no se trata de rendirte a la herramienta ni de ignorarla, sino de aprender a dialogar con ella desde una posición de autoconciencia.

La IA puede generar mil variaciones de una idea. Pero decidir cuál de esas ideas merece existir, cuál conecta con algo verdadero, cuál tiene alma —eso sigue siendo un acto profundamente humano.

Eso es estrategia. No un Excel. No un roadmap. Una forma de mirar el mundo y decidir qué importa.

Experimentar con tus propias reglas de imaginación

Hay algo que las empresas de IA no pueden venderte en un plan de suscripción: el conjunto específico de referencias, experiencias, fracasos y obsesiones que te hacen ser tú. Tu biblioteca mental particular. Esa mezcla rara de haber visto Blade Runner demasiadas veces, de haber crecido escuchando a Camarón de la Isla, de haber leído a Borges en verano y a Philip K. Dick en invierno. Ese mapa cognitivo único es tu ventaja competitiva real. Y la IA, paradójicamente, puede ayudarte a explorarla más a fondo si sabes cómo usarla.

La clave está en experimentar con intención. No adoptar flujos de trabajo porque un gurú de LinkedIn diga que son los mejores. No optimizar por optimizar. Sino preguntarte: ¿qué tipo de pensamiento quiero potenciar? ¿Qué tipo de trabajo quiero proteger del algoritmo? Y luego diseñar tus propias reglas del juego.

Algunos creativos usan la IA para el trabajo de desbrozar —generar opciones, hacer research, crear borradores cero— y reservan para sí el trabajo de juzgar, conectar y significar. Otros la usan como interlocutor de sus ideas más locas, el colega que nunca se cansa de escucharte a las dos de la mañana. Otros, directamente, la rechazan para ciertos proyectos como un chef que decide que en este plato no va el glutamato, aunque lo use en otros. Todas son estrategias válidas. Lo que no es válido es no tener ninguna y dejarte arrastrar por la corriente del hype.

El mito del trabajador cyborg feliz

Las narrativas corporativas sobre IA nos pintan un futuro donde el trabajador aumentado por máquinas es más feliz, más creativo, más libre. Es un relato muy atractivo. También es, en buena medida, una operación de marketing.

Porque la productividad que prometen no redistribuye tiempo hacia el ocio, la contemplación o la creación libre. Redistribuye tiempo hacia más trabajo. Más reuniones. Más deliverables. El tiempo “ahorrado” por la IA se convierte inmediatamente en deuda productiva que hay que saldar con más output. Es el cuento de nunca acabar, y quien no lo vea así debería releer a David Graeber antes de instalar el próximo plugin de automatización.

Esto no es un argumento ludita. No estoy diciendo que tiremos las herramientas al río. Estoy diciendo que seamos lúcidos sobre quién se beneficia del relato y quién paga el coste de asumirlo sin cuestionarlo.

Apostar por la imaginación como infraestructura

Al final, lo que está en juego en esta era de las máquinas no es si usas IA o no. Es si sigues cultivando tu capacidad de imaginar, de sorprenderte, de hacer preguntas que la máquina no haría porque la máquina optimiza respuestas, no preguntas. La imaginación no es un lujo romántico de artistas con boina. Es infraestructura estratégica. Es lo que te permite ver qué hacer con los outputs que genera la herramienta.

Así que sí, vive el yo-yo. Siente el vértigo. Deja que la IA te asombre de vez en cuando. Pero escribe tus propias reglas. Protege tu genius loci creativo. Y desconfía profundamente de cualquier empresa que te venda productividad como si fuera liberación.

El capitalismo siempre ha sabido empaquetar sus cadenas como si fueran alas.


Este artículo está basado en el ensayo “Strategy in the age of the machine”, publicado originalmente en UX Collective.

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